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“Los militares me ofrecieron continuar en la intendencia, pero no lo acepté”

Por: Mariano Arias.- A 37 años del último golpe militar, “El Primero” entrevistó al Intendente destituido por la dictadura, Luis Vivas. El exdirigente justicialista relató minuciosamente la dura experiencia que vivió durante aquellos días fatídicos: el operativo en su vivienda, su detención y la persecución a funcionarios y empleados municipales. Además, el hombre de 79 años opinó sobre la causa por delitos de lesa humanidad que tiene como imputado, entre otros, a su sucesor de facto, Rubén Cervera.

Luis Vivas nació el 1º de Febrero de 1934 y a los 18 años se afilió al Partido Peronista. Tras una larga militancia en la “Mesa de Orientación Peronista” y con el impulso de SUPE, se presentó como candidato a la Intendencia por el FREJULI en 1973 y se impuso, con cinco mil votos, sobre otra línea interna del peronismo -refractaria a la conducción del General- que obtuvo alrededor de cuatro mil. Aunque su gestión no estuvo exenta de los vaivenes que la convulsionada realidad política nacional provocó en todos los estratos de la vida pública, la institucionalidad municipal no se vio comprometida hasta el 24 de marzo de 1976. Ese día, el Jefe del Batallón de Arsenales 603, Rubén Cervera, le ofreció continuar siendo intendente bajo la tutela de las Fuerzas Armadas y el funcionario se negó, razón por la cual fue detenido el día posterior tras un espectacular operativo en su hogar. “A las 4 de la mañana me vinieron a buscar. Había militares en el patio trasero de mi casa y una tanqueta estacionada sobre la avenida San Martín apuntaba a mi ventana”. Comenzaba entonces una nueva vida para Luis Vivas y el capítulo más trágico de la historia argentina.
-¿Qué recuerda de la jornada del 24 de marzo de 1976?
-Yo conocía a muchas de las autoridades del Batallón de Arsenales debido a la relación que se entablaba en la previa y durante el desarrollo de los actos por el 3 de Febrero. El 24 de marzo a las 4 de la mañana tocaron el timbre en mi casa, yo dormía junto a mi esposa y mis hijas chicas, y me dijeron que había un “movimiento militar”. Me llevaron a hablar con el Jefe del Batallón de Arsenales, Rubén Cervera, al despacho de la intendencia y éste me pidió que siguiera siendo intendente, ya que ellos no tenían ninguna estructura política. Yo pregunté qué había pasado con la presidenta y me dijo que estaba siendo trasladada por el Ejército a la Base Militar “El Messidor”; pregunté también por el Congreso y me dijo que estaba cerrado.  Entonces le dije: “Esto no es un movimiento, es un golpe de estado” y no acepté su oferta. Él, por su parte, me dijo: “Bueno, pero un cambio es necesario”. A lo largo de esa jornada hubo muchas reuniones en mi casa y al otro día, nuevamente a las 4 de la mañana, me vinieron a buscar. Había militares en el patio trasero de mi casa y una tanqueta estacionada sobre la avenida san Martín apuntaba a mi ventana. Esos grandes operativos, todos sabemos, eran demostraciones de poder. Revisaron toda mi casa, los cajones y los sillones; buscaban “rastros de subversión” y, misteriosamente, el teléfono por el que había estado esperando tres años, me fue instalado a los quince días. Le dije a mi mujer que no hablara con nadie porque estaba seguro de que me espiaban. Sin saberlo, me había convertido en su enemigo. Usted es joven, ha vivido siempre en democracia y esto le parecerá una película de cowboys, pero fue real.
-¿En ese momento sintió miedo? ¿Qué ocurrió después?
-Yo no tenía miedo porque ya veníamos de otros golpes de Estado, como el de Lanusse, y pensábamos que este era uno más. Nadie imaginaba que fuera a ser tan sangriento como finalmente fue. Estuve alrededor de diez días en Jefatura -los primeros días junto a un grupo de gremialistas que fue liberado- y luego me llevaron a Rosario. Yo pensaba que a una comisaría -no pude ver demasiado porque iba escoltado por militares armados que me tapaban la visión- pero luego supe que era un centro de inteligencia ubicado sobre Catamarca casi Entre Ríos. Estuve en una sala oscura, con una palangana, un secador, libros del ERP y Montoneros, aerosoles con estrellas de cinco puntas y paredes manchadas con manos ensangrentadas. Era todo una puesta en escena. A un soldado morocho, armado hasta los dientes, en un determinado momento le pedí ir al baño, me dijo que espere, y me cerró la puerta en la cara. Yo creo que estaban vigilando mi reacción a través de una mirilla. Uno pierde la noción del tiempo, pero habré estado allí dos madrugadas y pensé que se venía la biaba, pero no, no me maltrataron.
-No fueron violentos con usted, pero asumo que lo habrán interrogado con minuciosidad.
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Ellos sabían absolutamente todo y me interrogaron con la mira puesta en tres personas: Edilio Quiroga, que era mi segundo secretario, Hugo Parente, que trabajaba en rentas y era militante de la Juventud y Pedro Rodríguez, que en ese momento era el responsable del área jurídica de la municipalidad. Con Quiroga hablé apenas fui liberado y le dije que se vaya porque iba a ser el próximo detenido, le prestaron el equivalente aproximado de dos mil pesos actuales y se fue de la ciudad. Hugo Parente fue desaparecido mientras hacía la conscripción y Rodríguez empezó a trabajar para ellos, por lo que estimo, allí pudo haber habido un quiebre. Después, volví a Jefatura también de madrugada, estuve algunas semanas más y pude recuperar la libertad. En total, no le sabría decir bien porque en cautiverio el tiempo se distorsiona, pero habrán sido 45 días.

-¿Cómo continuó su vida tras la detención? ¿Pudo volver a trabajar en la actividad privada normalmente?
-Durante mi intendencia, yo gestioné la llegada de Indiel ante Massey Ferguson a una zona industrial de  San Lorenzo que nosotros desarrollamos a partir de la sanción de un Plan Regulador. Después del 24 de marzo yo estaba desocupado y fui a pedir trabajo a Indiel; me sacaron zumbando, al igual que en Cerámica. Me habían metido en una “lista negra” y no iba a conseguir trabajo en ningún lado. Entonces empecé a trabajar de lo que había estudiado, la proyección de obras. Todavía hoy sigo trabajando de eso.

-¿Cuál fue el destino de sus colaboradores íntimos a partir del día del golpe?
-Les ofrecieron estabilidad laboral a todos, aunque cabe destacar que en aquel momento sólo había tres secretarías: Gobierno, Obras Públicas y Hacienda. Algunos continuaron en sus cargos y otros, por diversos motivos, no. El personal político no sufrió la represión que sí padeció parte del personal de planta, la juventud militante, la llamada subversión y los delegados de fábrica. A nivel municipal, luego de tres meses, Cervera dejó el cargo y fue designado el Prefecto Glaría por órdenes de la Provincia que quedó a cargo de la Marina tras la distribución de poder que hicieron las fuerzas.
-Su gobierno se desarrolló durante una época de intensa agitación política. ¿En qué medida afectó la coyuntura nacional el desarrollo de su administración?
-Durante mi gobierno en la ciudad tuvimos graves problemas de desabastecimiento: faltaron azúcar, carne y hasta caños para hacer la red de agua potable que proyectamos porque hasta entonces sólo había en el centro. Y de esto no se le podía echar la culpa ni al gobierno ni a los sindicatos, sino a los grupos económicos. Los problemas y los condicionamientos aún en la esfera municipal fueron creciendo con el correr del tiempo y se agravaron cuando murió Perón y asumió Estela Martínez. Luego, Videla fue un hombre de paja. Ahora se está juzgando a los verdugos pero los verdaderos responsables del golpe fueron los grupos económicos que siempre condicionaron a la democracia argentina. Martínez de Hoz, ministro de economía de la dictadura recientemente fallecido, fue uno de sus exponentes.
-¿Qué expectativas le genera el desarrollo actual de la causa judicial por crímenes de lesa humanidad en la que están imputados su sucesor de facto y Pedro Rodríguez?
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En lo personal ninguna porque a mí no me hicieron nada grave, y ellos no fueron los responsables del golpe pero sí fueron parte de un proceso muy grave. Yo sé lo que es actuar bajo las órdenes de un superior militar porque hice la colimba en el año 1955, antes del golpe a Perón, en el Batallón de Arsenales y teníamos orden de tirar si éramos atacados por la gente de Lonardi. En definitiva, creo que si se les prueba responsabilidad militar y criminal, deben ser juzgados para que nunca más a nadie se le ocurra hacer un golpe militar en América Latina. En tal caso, debe ser una condena ejemplificadora.